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miércoles, 9 de julio de 2014

Conjugaciones

1   (álbum)
Cómo quisiera fotografiar
minucia por minucia
pedazos de futuro
y colocar las  instantáneas
en un álbum
para poder  hojearlo
lenta  morosamente
en un manso remanso
del pasado



2   (claves)
Algunas claves
del futuro
no  están en el  presente
ni en el pasado

están
extrañamente
en el futuro



3   (variantes)

la muerte es sólo una
de las varias variantes
del futuro
quizá la más primaria
  acerca de la otras
espléndidas variantes
no han concluido aún
las  investigaciones



4   (complemento)
Para entender mejor
cuán reaccionario
era jorge manrique
hay que desarrollar
el  complemento de su tesis
o sea
todo tiempo futuro
será  peor



5   (después)
El futuro no es
una página en blanco

es una fe
de erratas



6   (ausencia)
En la última
asamblea
del futuro
faltaré
sin aviso

7   (rigores)
En las fronteras
del futuro
hay un control
estricto
sólo son admitidos
los sobrevivientes



8   (previsión)
De vez en cuando es bueno
ser  consciente
de que hoy
de que ahora
estamos fabricando
las  nostalgias
que descongelarán
algún futuro



9   (plurales)
Hay
ayeres
y mañanas
pero no hay
hoyes
 
Mario Benedetti

miércoles, 2 de julio de 2014

Técnica y Civilización


Ahora bien, la ordenada vida puntual que primeramente tomó forma en los monasterios no es  connatural   a   la   humanidad,   aunque   hoy   los   pueblos   occidentales   están   tan  completamente reglamentados por el reloj que constituye una “segunda naturaleza”, considerando su observancia como  un hecho natural.

Muchas civilizaciones orientales han florecido teniendo poca cuenta del tiempo: los  indios han sido en realidad tan indiferentes al tiempo que les falta incluso una auténtica cronología de  los años. Todavía ayer, en el centro de las industrializaciones de la Rusia soviética, apareció una  sociedad para fomentar el uso de relojes y hacer la propaganda de los beneficios de la puntualidad. La  popularización del registro del tiempo, que siguió a la producción sistemática del reloj barato,  primeramente en Ginebra, después en Estados Unidos, hacia mitad del siglo pasado, fue esencial para  un sistema bien articulado de transporte y de producción.

La medición del tiempo fue primeramente atributo peculiar de la música: dio valor industrial a la  canción del taller o al abatir rítmico o a la saloma de los marinos halando una cuerda. Pero el efecto del  reloj mecánico es más penetrante y estricto: preside todo el día desde el amanecer hasta la hora del  descanso. Cuando se considera  el día como un lapso abstracto de tiempo, no se va uno a la cama  con las gallinas en una noche de invierno: uno inventa pábilos, chimeneas, lámparas, luces de gas,  lámparas eléctricas, de manera aprovechar todas las horas que pertenecen al día. Cuando se considera el  tiempo, no como una sucesión de experiencias, sino como una colección de horas, minutos y segundos, aparecen los hábitos de acrecentar y ahorrar el tiempo. El tiempo cobra el carácter de un espacio  cerrado: puede dividirse, puede llenarse, puede incluso dilatarse mediante el invento de instrumentos  que ahorran el tiempo.

El tiempo abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas funciones  orgánicas se regularon por él: se comió, no al sentir hambre, sino impulsado por el reloj. Se durmió, no  al sentirse cansado, sino cuando el reloj nos exigió. Una conciencia generalizada del tiempo acompañó  el empleo más extenso de los relojes. Al disociar el tiempo de las secuencias orgánicas, se hizo más  fácil para los hombres del renacimiento satisfacer la fantasía de revivir el pasado clásico o los  esplendores de la antigua civilización de Roma. El culto de la historia, apareciendo primero en el ritual  diario, se abstrajo finalmente como una disciplina especial. En el siglo XVII hicieron su aparición el  periodismo y la literatura periódica; incluso en el vestir, siguiendo la guía de Venecia como centro de la  moda, la gente cambió la moda cada año en vez de cada generación.

No puede sobrestimarse el provecho en eficiencia mecánica gracias a la coordinación y la  estrecha articulación de los acontecimientos del día. Si bien este incremento no puede medirse  sencillamente en caballos de fuerza, sólo tiene uno que imaginar su ausencia hoy para prever la rápida  desorganización y el eventual colapso de toda nuestra sociedad. El moderno sistema industrial podría  prescindir del carbón, del hierro y del vapor más fácilmente que del reloj.

Lewis Munford

martes, 1 de julio de 2014

Me retracto de todo lo dicho

Antes de despedirme
Tengo derecho a un último deseo:
Generoso lector
quema este libro
No representa 1o que quise decir
A pesar de que fue escrito con sangre
No representa lo que quise decir.

Mi situación no puede ser más triste
Fui derrotado por mi propia sombra:
Las palabras se vengaron de mí.

Perdóname lector
Amistoso lector
Que no me pueda despedir de ti
Con un abrazo fiel:
Me despido de ti
con una triste sonrisa forzada.

Puede que yo no sea más que eso
pero oye mi última palabra:
Me retracto de todo lo dicho.
Con la mayor amargura del mundo
Me retracto de todo lo que he dicho.


Nicanor Parra

lunes, 30 de junio de 2014

Nocturno

Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,
las palabras entonces no sirven: son palabras.

Balas. Balas.

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas.
¡Qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!

Balas. Balas.

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.

Balas. Balas.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.


Rafael Alberti

jueves, 26 de junio de 2014

No se que ocurre


No sé qué ocurre.
Han apagado la luz de las farolas.
Duermo con las ventanas abiertas
pero no se oyen canciones.
 
La casa se ha llenado del hedor
inconfundible de la tristeza
y, no sé que ocurre, pero
me cansan las palabras
que antes florecían y colgaban
como geranios en mi balcón.
 
No sé que ocurre.
Creo que quieren robarnos otro verano.
Que crezcan las arrugas
y los pechos declinen lacios
sin acordes de dedos que orquesten
el baile de los pájaros en su miel.
 
Y, no sé qué ocurre, pero
sin palabras y sin música yo perezco
en las orillas cenagosas
de otro abrazo vacío.
 
Amelia Díaz

miércoles, 25 de junio de 2014

La senda del perdedor

Las gradas estaban construidas especialmente para el evento con unas tablas. Nos metimos debajo. Vimos a dos chicos bajo el centro de las gradas mirando hacia arriba. Tendrían unos 13 o 14 años, unos dos o tres años más que nosotros.

—¿A qué miran? —dije yo.
—Vamos a ver —dijo Frank.

Nos acercamos. Uno de los chicos nos vio venir.

—¡Eh, so mierdas, largo de aquí!
—¡Oh, coño, Marty, déjales echar un vistazo!

Nos acercamos hasta donde estaban ellos. Miramos hacia arriba.

—¿Qué pasa? —pregunté yo.
—¿Carajo, es que no lo ves? —dijo uno de los chicos.
—¿Ver qué?
—Es un coño.
—¿Un coño? ¿Dónde?
—¡Mira, justo allí! ¿Lo ves? Señaló.

Había una mujer sentada con la falda levantada por encima. No llevaba bragas, y mirando entre las tablas se le podía ver el coño.

—¿Lo ves?
—Sí, lo veo. Es un coño —dijo Frank.
—Está bien, ahora chavales os vais a ir de aquí y vais a mantener la boca cerrada.
—Pero queremos verlo un poco más —dijo Frank—. Sólo un poco más.
—De acuerdo, pero no demasiado. Nos quedamos allí mirándolo.
—Lo veo —dije yo.
—Es un coño —dijo Frank.
—Es un coño de verdad —dije yo.
—Sí —dijo uno de los chicos mayores—, eso es lo que es.
—Siempre me acordaré de esto —dije yo.
—Bueno, chavales, ya es hora de que os marchéis.
—¿Por qué? —preguntó Frank—. ¿Por qué no podemos mirar un poco más?
—Porque —dijo uno de los chicos mayores —voy a hacer una cosa. ¡Ahora largaros de aquí! Nos fuimos.
—Me pregunto qué irá a hacer —dije yo.
—No sé —dijo Frank—, puede que vaya a tirarle una piedra.

Salimos de debajo de las gradas y miramos a nuestro alrededor por si aparecía Daniel. No le vimos por ninguna parte.

—Puede que se haya ido —dije yo.
—A un tipo como ese no le gustan los aviones —dijo Frank.

Subimos a las gradas y esperamos a que comenzase el espectáculo. Miré a todas las mujeres que estaban allí sentadas.

—Me pregunto cuál sería —dije.
—Desde arriba no se puede saber —dijo Frank.

Entonces empezó el espectáculo aéreo.

Charles Bukowski
 

martes, 24 de junio de 2014

La tumba

Al día siguiente me trajeron a este cuarto con barrotes en la ventana, pero me he mantenido al tanto de ciertas cosas merced a un sirviente no muy espabilado, y ya de edad, por quien sentí gran cariño durante la infancia, y quién, al igual que yo, ama los cementerios. Lo que me he atrevido a contar de mis experiencias dentro de la cripta tan sólo me ha brindado sonrisas conmiserativas. Mi padre, que me visita a menudo, dice que no he traspasado el portal encadenado, y jura que el herrumbroso cerrojo, cuando él lo examinó, no daba muestras de haber sido tocado en cincuenta años. Incluso afirma que todo el pueblo conocía mis viajes a la tumba, y que con frecuencia me observaban durmiendo en el enramado exterior a la espantosa fachada, los ojos entreabiertos y fijos en el resquicio que conduce al interior. Contra tales afirmaciones carezco de pruebas, ya que mi llave se perdió durante la lucha en esa noche de horror. Las extrañas cosas del pasado que aprendí durante aquellos encuentros nocturnos con los muertos son atribuidos al fruto de mi codicioso e incesante hojear de los viejos volúmenes de la biblioteca familiar. De no haber sido por mi viejo criado Hiram, a estas alturas yo mismo estaría bastante convencido de mi propia locura.

H.P. Lovecraft

viernes, 31 de enero de 2014

Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana (fragmento)

Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.

A la vista de esta Tercera Ley Fundamental, las personas racionales reaccionan instintivamente con escepticismo e incredulidad. El caso es que las personas razonables tienen dificultades para imaginar y comprender un comportamiento irracional. Pero dejémonos de teorías y veamos qué es lo que nos ocurre en la práctica en la vida diaria.

Todos nosotros recordamos ocasiones en que, desgraciadamente, estuvimos relacionados con un individuo que consiguió una ganancia, causándonos un perjuicio a nosotros: nos encontrábamos frente a un malvado.

También podemos recordar ocasiones en que un individuo realizó una acción, cuyo resultado fue una pérdida para él y una ganancia para nosotros: habíamos entrado en
contacto con un incauto.

Igualmente nos vienen a la memoria ocasiones en que un individuo realizó una acción de la que ambas partes obtuvimos provecho: se trataba de una persona inteligente.

Tales casos ocurren continuamente.

Pero si reflexionamos bien, habrá que admitir que no representan la totalidad de los
acontecimientos que caracterizan nuestra vida diaria. Nuestra vida está salpicada de ocasiones en que sufrimos pérdidas de dinero, tiempo, energía, apetito, tranquilidad y buen humor por culpa de las dudosas acciones de alguna absurda criatura a la que, en los momentos más impensables e inconvenientes, se le ocurre causarnos daños, frustraciones y dificultades, sin que ella vaya a ganar absolutamente nada con sus acciones. Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad, no existe explicación -o mejor dicho- sólo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida.

Carlo M. Cipolla

Historia de mi muerte

Soñé la muerte y era muy sencillo;
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo,
con una vuelta menos me ceñía
y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte era muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por solo un cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría
y ya no me besaste...
y solté el cabo, y se me fue la vida.

Leopoldo Lugones

sábado, 25 de enero de 2014

¡Cuídate, España!

¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…

César Vallejo

jueves, 9 de enero de 2014

El Perdedor

y el siguiente recuerdo es que estoy sobre una mesa,
todos se han marchado: el más valiente
bajo los focos, amenazante, tumbándome a golpes....
y después un tipo asqueroso de pie, fumado un puro:

¡Chico, tu no sabes pelear!; me dijo.
y yo me levanté y le lancé de un golpe por encima
de una silla.

fue como una escena de película y
allí quedó sobre su enorme trasero diciendo
sin cesar - ; Dios mío, Dios mío, pero ¿ qué es lo que te ocurre?- y yo me levanté y me vestí,
las manos aún vendadas, y al llegar a casa
me arranqué las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces.

Charles Bukowski

jueves, 30 de mayo de 2013

Sin voz, desnuda

Sin armas. Ni las dulces
sonrisas, ni las llamas
rápidas de la ira.
Sin armas. Ni las aguas
de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.

Ceñida en tu silencio.
«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»,
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.
¡Cuidado!, que te mata
-fría, invencible, eterna-
eso, lo que te guarda,
eso, lo que te salva,
el filo del silencio que tú aguzas.

Pedro Salinas

miércoles, 13 de marzo de 2013

Anacreóntica

Unos pasan, amigo,
estas noches de enero
junto al balcón de Cloris,
con lluvia, nieve y hielo;
otros la pica al hombro,
sobre murallas puestos,
hambrientos y desnudos,
pero de gloria llenos;
otros al campo raso,
las distancias midiendo
que hay de Venus a Marte,
que hay de Mercurio a Venus;
otros en el recinto
del lúgubre aposento,
de Newton o Descartes
los libros revolviendo;
otros contando ansiosos
sus mal habidos pesos,
atando y desatando
los antiguos talegos.
Pero acá lo pasamos
junto al rincón del fuego,
asando unas castañas,
ardiendo un tronco entero,
hablando de las viñas,
contando alegres cuentos,
bebiendo grandes copas,
comiendo buenos quesos;
y a fe que de este modo
no nos importa un bledo
cuanto enloquece a muchos,
que serían muy cuerdos
si hicieran en la corte
lo que en la aldea hacemos.

José Cadalso

viernes, 26 de octubre de 2012

Entrevista

"Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política."

Federico García Lorca

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El Cerdito

La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.

Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.

Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.

Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:

-Dale otro golpe. Por si las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.

Juan Carlos Onetti

lunes, 1 de agosto de 2011

Despedida

Mientras mi voz llora en el suelo,
mientras busco ese consuelo,
una voz en el lucero,
una luz hacia la cima
que devuelva vista arriba;
mientras un pañuelo diga
que un recuerdo se hace vida,
acá, abajo, en el fondo,
flota un beso en el recodo
y va buscando cielo abierto
con olor a tu pañuelo.


Salvador Pliego

viernes, 17 de junio de 2011

Calígula (Fragmento)


Entra rápidamente Calígula.

CALÍGULA. Perdonad, pero los asuntos de Estado son urgentes. (Al Intendente.) Intendente, harás cerrar los graneros públicos. Acabo de firmar el decreto. Lo encontrarás en la cámara.

EL INTENDENTE. Pero...

CALÍGULA. Mañana habrá hambre.

EL INTENDENTE. Pero el pueblo va a protestar.

CALÍGULA (con fuerza y precisión). Digo que habrá hambre mañana. Todo el mundo conoce el hambre, es una calamidad. Mañana habrá calamidad... y detendré la calamidad cuando me plazca. (Explica a los demás.) Después de todo, no tengo tantos modos de probar que soy libre. Siempre se es libre a expensas de alguien. Es fastidioso, pero normal. (Con una ojeada a Mucio.) Aplicad este pensamiento a los celos y veréis. (Pensativo.) Con todo, ¡qué feo es ser celoso! ¡Sufrir por vanidad y por imaginación! Ver a la mujer de uno... Mucio aprieta los puños y abre la boca.

CALÍGULA (muy rápido). Comamos, señores. ¿Sabéis que trabajamos firme con Helicón? Estamos perfeccionando un tratadito sobre la ejecución; ya me diréis qué tal.

HELICÓN. Suponiendo que os pidan vuestra opinión.

CALÍGULA. ¡Seamos generosos, Helicón! Descubrámosles nuestros secretitos. Vamos, sección III, parágrafo primero.

HELICÓN (se pone de pie y recita mecánicamente). "La ejecución alivia y libera. Es tan universal, fortalecedora y justa en sus aplicaciones como en su intención. Muere el que es culpable. Se es culpable por ser súbdito de Calígula. Ahora bien, todo el mundo es súbdito de Calígula. Luego todo el mundo es culpable. De donde resulta que todo el mundo muere. Es cuestión de tiempo y paciencia."

CALÍGULA (riendo). ¿Qué os parece? Paciencia, ¿eh?, qué hallazgo. ¿Queréis que os lo diga?: es lo que más admiro en vosotros. Ahora, señores, podéis disponer. Quereas ya no os necesita. ¡Sin  embargo, que se quede Cesonia! ¡Y Lépido! Mereya también.   Quisiera discutir con vosotros la organización de mi prostíbulo. Me causa grandes preocupaciones.

Los otros salen lentamente. Calígula sigue a Mucio con la mirada.

Albert Camus

lunes, 7 de marzo de 2011

Pirata

Pirata de mar y cielo,
si no fui ya, lo seré.

Si no robé la aurora de los mares,
si no la robé,
ya la robaré.

Pirata de cielo y mar,
sobre un cazatorpederos,
con seis fuertes marineros,
alternos, de tres en tres.

Si no robé la aurora de los cielos,
si no la robé,
ya la robaré.

Rafael Alberti

miércoles, 2 de marzo de 2011

Hablaba y hablaba

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Max Aub

viernes, 21 de enero de 2011

La rana que quería ser una rana auténtica

Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.

Augusto Monterroso